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Damián Gularte - Mundos Distintos
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专辑名:Mundos Distintos
歌手:Damián Gularte
发行时间:2017-07-13

简介:El tercer CD de Damián Gularte (Tambora Records) es como una bocanada de aire, fresco y musical. Lo más llamativo, en una primera audición, es el evidente goce que el cantautor y guitarrista experimenta en el ejercicio de su arte, y su capacidad para transmitirlo al oyente. Si bien el apellido Gularte (Damián es hijo de Jorginho y nieto de Marta) tiende a sugerir candombe, el musicante elige mantenerse al margen de ese reflejo condicionado. Se embarca, a cambio en los caminos de un pop jazzeado con raíces en lo montevideano y en Brasil. La referencia a la mejor música popular brasileña no es ajena a otros cantautores nacionales, muy notoriamente Mateo, Fernando Cabrera y Jorge Drexler, pero no solamente ellos. En el caso de Damián Gularte, hay una sonoridad jazzística, tanto en su guitarra eléctrica como en la presencia de un saxo virtuoso (el argentino Héctor Costita) y varios de los arreglos, así como una visión “tropicalista”, que le permite incorporar desde una chacarera con bombo y todo hasta ritmos funk, sin que el oyente perciba ninguna ruptura en la coherencia del repertorio. Junto a la variedad de ritmos y enfoques, resulta de lo más estimulante la imaginación en la búsqueda –y el hallazgo- de recursos tímbricos y texturales, o sea, de “color” musical, que corren por debajo de las melodías y armonías y flotan sobre esos ritmos variados. Un ejemplo pueden ser los sonidos susurrantes en “Milonga de la cordura”, donde cuenta con la participación vocal de Fernando Cabrera o el paisaje sonoro de “Conversas cruzadas”. Otro ejemplo es el uso de un sintetizador de sonido sinusoidal en el registro super grave acompañando el solo de saxo en “Esquema”. Cabría señalar varios otros de esos momentos donde un fondo musical inesperado refuerza la percepción por contraste, rompiendo la redundancia, sugiriendo: “atención, ojo que acá hay más de lo que parece”. Esta supuesta dificultad para la inmediata asimilación de la canción, objetivo primordial del estólido pop de estos días, cumple el papel exactamente opuesto: refuerza el alerta, seduce al oyente para que escuche con más concentración, estimula una atención inteligente. Para lo que busquen referencias, es clara la proximidad de Damián con el brasileño Djavan, con Mateo (de una manera muy elíptica y refinada), con Luis Alberto Spinetta, a quien dedica el hermoso “El decir de Luis”, y, por cierto, con su padre. El hecho de que Damián, muy acertadamente, deje de lado esos trucos tecnológicos para “mejorar” la voz, tan de moda como fastidiosos, descubre la cercanía entre su voz y la de Jorginho, aunque Damián sabe manejar muy bien esa similitud sin caer jamás en la imitación. Si bien parecería que las letras no están tan trabajadas como la música, Damián se mantiene dentro de un nivel claramente funcional a sus propósitos y hasta consigue un par textos realmente muy estimables en “Milonga de la cordura”, reforzada por una melodía sinuosa y tensa, así como en “Esquema”. En particular esta última, concisa canción, en la que emplea únicamente sustantivos y verbos a la manera de un poema concreto, se ofrece como el máximo logro del CD en cuanto a la unidad, o correspondencia, entre letra, música y arreglo. En suma, otro trabajo altamente recomendable en medio del siempre fértil panorama de la música popular uruguaya. (Crítica de disco por Elbio Barilari, publicada en la Revista Relaciones) Con tres discos en cuatro años, Damián Gularte se cuenta entre los músicos más productivos de la escena uruguaya. Y además sus trabajos son sustanciosos, elaborados. Este nuevo1 trae casi 52 minutos de música. Lo primero que llama la atención en sus discos es el encare del canto. Su tesitura y su rango dinámico no son muy amplios, y uno siente que el canto está controlado por su excelente oído –que le permite aventurarse por líneas melódicas nada simples–, antes que por los operadores técnicos de la voz. Damián mantiene la voz casi sin “producir”, es decir, no corrige pequeñas desafinaciones y otras desprolijidades, y además la expone natural, bien presente y seca. Es una opción por la autenticidad expresiva, por un enfoque cotidiano, rústico y falible de la emisión, que puede resultar un poco extraño frente a una valoración exclusiva de un canto más armado, más educado; o que puede, por el contrario, suscitar una grata sensación de cercanía y de cosa alejada del estándar. Lo de la voz es ex profeso, como lo evidencia la base prolijísima: muy buena producción –del propio Damián–, respaldada en tremendo grupo, incluidos invitados estrella como Hugo Fattoruso y el saxofonista argentino-brasileño Héctor Costita. En ningún lado se dice de quién son las canciones: asumo que serán todas del propio Damián. Las letras son breves y son bien “de músico”, como un montaje de imágenes verbales, armado en forma no muy discursiva, que parecen construidas en función de la sonoridad y también de generar un cierto clima, casi siempre referido a la captación de sentimientos gratos. No son poéticamente muy elaborados y, bien de acuerdo con alguien para quien la música parece tener más sentido que la palabra, contienen varias alusiones a lo inefable: “me explican sin hablar”, “guía las agujas del decir”, “mi presentimiento contó lo que la palabra no da”, “la palabra enmudeció”. En medio de todo eso, hay un homenaje-reverencia a Spinetta en “El decir de Luis”. En este disco Damián toma la curiosa decisión de dejar totalmente de lado el candombe; ritmo, ámbito, género en que el apellido Gularte es como un título de nobleza. El rango de ritmos incluye el beat roquero, funky, alguna cosa inventada y acercamientos regionales cercanos: samba, ritmo hemiólico del norte argentino, milonga. Es una música totalmente por fuera de las modas actuales. Su tratamiento armónico complejo remite al jazz-rock: hay un notorio disfrute en los encadenamientos impredecibles, o en sucesiones manieristas de vuelcos de un centro de gravitación tonal al otro. Son músicas que pueden demandar un cierto tiempo de asimilación, pero tienen la virtud de que no empalagan. Así como las armonías, los timbres también remiten a los primeros años setenta: Fender Rhodes, guitarra eléctrica con wah-wah, timbres de sintetizador analógico, una combinación de guitarras muy a lo Harrison en “Anidar”, la flauta a lo Hermeto tocada por Santiago Beis, o la figura a lo Billy Joel del interludio de “Comunicar”. En cuanto canciones, el peso un poco mayor de las letras del fonograma previo de Damián (Individuo rodeado, 2015) me cerraba más. Pero éste lo equipara en la creatividad musical, y tiene unas cuantas melodías realmente muy bellas y profundas. Y supera el anterior en cuanto al sonido y al rendimiento del grupo. Las bases se estructuran con una curiosa dicotomía: la batería de Martín Ibarburu y el bajo de Nacho Mateu se corresponden a una estética más reciente, disciplinada, matemáticamente precisa, con sonido contundente, repitiendo estrictamente los groo-ves planificados, con escapadas puntuales en algunos puntos de inflexión. Lo que hay por arriba de eso suele flotar en forma más libre, con mayor contenido de improvisación. Los arreglos son muy cuidados, cada cual con su ámbito tímbrico, su textura, su entramado rítmico particulares, siempre imaginativos y rítmicamente llevaderos. Por doquier aparecen timbres inesperados, y llaman especialmente la atención unos sorpresivos e interesantes juegos ruidistas-atonales en “Milonga de la cordura” (que tiene una importante participación de Fernando Cabrera) y en la coda de “Soltar”. (Crítica de disco por Guilherme de Alencar Pinto, publicada en el Semanario Brecha)

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El tercer CD de Damián Gularte (Tambora Records) es como una bocanada de aire, fresco y musical. Lo más llamativo, en una primera audición, es el evidente goce que el cantautor y guitarrista experimenta en el ejercicio de su arte, y su capacidad para transmitirlo al oyente. Si bien el apellido Gularte (Damián es hijo de Jorginho y nieto de Marta) tiende a sugerir candombe, el musicante elige mantenerse al margen de ese reflejo condicionado. Se embarca, a cambio en los caminos de un pop jazzeado con raíces en lo montevideano y en Brasil. La referencia a la mejor música popular brasileña no es ajena a otros cantautores nacionales, muy notoriamente Mateo, Fernando Cabrera y Jorge Drexler, pero no solamente ellos. En el caso de Damián Gularte, hay una sonoridad jazzística, tanto en su guitarra eléctrica como en la presencia de un saxo virtuoso (el argentino Héctor Costita) y varios de los arreglos, así como una visión “tropicalista”, que le permite incorporar desde una chacarera con bombo y todo hasta ritmos funk, sin que el oyente perciba ninguna ruptura en la coherencia del repertorio. Junto a la variedad de ritmos y enfoques, resulta de lo más estimulante la imaginación en la búsqueda –y el hallazgo- de recursos tímbricos y texturales, o sea, de “color” musical, que corren por debajo de las melodías y armonías y flotan sobre esos ritmos variados. Un ejemplo pueden ser los sonidos susurrantes en “Milonga de la cordura”, donde cuenta con la participación vocal de Fernando Cabrera o el paisaje sonoro de “Conversas cruzadas”. Otro ejemplo es el uso de un sintetizador de sonido sinusoidal en el registro super grave acompañando el solo de saxo en “Esquema”. Cabría señalar varios otros de esos momentos donde un fondo musical inesperado refuerza la percepción por contraste, rompiendo la redundancia, sugiriendo: “atención, ojo que acá hay más de lo que parece”. Esta supuesta dificultad para la inmediata asimilación de la canción, objetivo primordial del estólido pop de estos días, cumple el papel exactamente opuesto: refuerza el alerta, seduce al oyente para que escuche con más concentración, estimula una atención inteligente. Para lo que busquen referencias, es clara la proximidad de Damián con el brasileño Djavan, con Mateo (de una manera muy elíptica y refinada), con Luis Alberto Spinetta, a quien dedica el hermoso “El decir de Luis”, y, por cierto, con su padre. El hecho de que Damián, muy acertadamente, deje de lado esos trucos tecnológicos para “mejorar” la voz, tan de moda como fastidiosos, descubre la cercanía entre su voz y la de Jorginho, aunque Damián sabe manejar muy bien esa similitud sin caer jamás en la imitación. Si bien parecería que las letras no están tan trabajadas como la música, Damián se mantiene dentro de un nivel claramente funcional a sus propósitos y hasta consigue un par textos realmente muy estimables en “Milonga de la cordura”, reforzada por una melodía sinuosa y tensa, así como en “Esquema”. En particular esta última, concisa canción, en la que emplea únicamente sustantivos y verbos a la manera de un poema concreto, se ofrece como el máximo logro del CD en cuanto a la unidad, o correspondencia, entre letra, música y arreglo. En suma, otro trabajo altamente recomendable en medio del siempre fértil panorama de la música popular uruguaya. (Crítica de disco por Elbio Barilari, publicada en la Revista Relaciones) Con tres discos en cuatro años, Damián Gularte se cuenta entre los músicos más productivos de la escena uruguaya. Y además sus trabajos son sustanciosos, elaborados. Este nuevo1 trae casi 52 minutos de música. Lo primero que llama la atención en sus discos es el encare del canto. Su tesitura y su rango dinámico no son muy amplios, y uno siente que el canto está controlado por su excelente oído –que le permite aventurarse por líneas melódicas nada simples–, antes que por los operadores técnicos de la voz. Damián mantiene la voz casi sin “producir”, es decir, no corrige pequeñas desafinaciones y otras desprolijidades, y además la expone natural, bien presente y seca. Es una opción por la autenticidad expresiva, por un enfoque cotidiano, rústico y falible de la emisión, que puede resultar un poco extraño frente a una valoración exclusiva de un canto más armado, más educado; o que puede, por el contrario, suscitar una grata sensación de cercanía y de cosa alejada del estándar. Lo de la voz es ex profeso, como lo evidencia la base prolijísima: muy buena producción –del propio Damián–, respaldada en tremendo grupo, incluidos invitados estrella como Hugo Fattoruso y el saxofonista argentino-brasileño Héctor Costita. En ningún lado se dice de quién son las canciones: asumo que serán todas del propio Damián. Las letras son breves y son bien “de músico”, como un montaje de imágenes verbales, armado en forma no muy discursiva, que parecen construidas en función de la sonoridad y también de generar un cierto clima, casi siempre referido a la captación de sentimientos gratos. No son poéticamente muy elaborados y, bien de acuerdo con alguien para quien la música parece tener más sentido que la palabra, contienen varias alusiones a lo inefable: “me explican sin hablar”, “guía las agujas del decir”, “mi presentimiento contó lo que la palabra no da”, “la palabra enmudeció”. En medio de todo eso, hay un homenaje-reverencia a Spinetta en “El decir de Luis”. En este disco Damián toma la curiosa decisión de dejar totalmente de lado el candombe; ritmo, ámbito, género en que el apellido Gularte es como un título de nobleza. El rango de ritmos incluye el beat roquero, funky, alguna cosa inventada y acercamientos regionales cercanos: samba, ritmo hemiólico del norte argentino, milonga. Es una música totalmente por fuera de las modas actuales. Su tratamiento armónico complejo remite al jazz-rock: hay un notorio disfrute en los encadenamientos impredecibles, o en sucesiones manieristas de vuelcos de un centro de gravitación tonal al otro. Son músicas que pueden demandar un cierto tiempo de asimilación, pero tienen la virtud de que no empalagan. Así como las armonías, los timbres también remiten a los primeros años setenta: Fender Rhodes, guitarra eléctrica con wah-wah, timbres de sintetizador analógico, una combinación de guitarras muy a lo Harrison en “Anidar”, la flauta a lo Hermeto tocada por Santiago Beis, o la figura a lo Billy Joel del interludio de “Comunicar”. En cuanto canciones, el peso un poco mayor de las letras del fonograma previo de Damián (Individuo rodeado, 2015) me cerraba más. Pero éste lo equipara en la creatividad musical, y tiene unas cuantas melodías realmente muy bellas y profundas. Y supera el anterior en cuanto al sonido y al rendimiento del grupo. Las bases se estructuran con una curiosa dicotomía: la batería de Martín Ibarburu y el bajo de Nacho Mateu se corresponden a una estética más reciente, disciplinada, matemáticamente precisa, con sonido contundente, repitiendo estrictamente los groo-ves planificados, con escapadas puntuales en algunos puntos de inflexión. Lo que hay por arriba de eso suele flotar en forma más libre, con mayor contenido de improvisación. Los arreglos son muy cuidados, cada cual con su ámbito tímbrico, su textura, su entramado rítmico particulares, siempre imaginativos y rítmicamente llevaderos. Por doquier aparecen timbres inesperados, y llaman especialmente la atención unos sorpresivos e interesantes juegos ruidistas-atonales en “Milonga de la cordura” (que tiene una importante participación de Fernando Cabrera) y en la coda de “Soltar”. (Crítica de disco por Guilherme de Alencar Pinto, publicada en el Semanario Brecha)